miércoles, 18 de marzo de 2026

Reflexionado con Jaime Barylko

Entrada del lunes, 4 de agosto de 2014

Para quererte mejor - de Jaime Barylko


Comparto con vosotros algunos trozos de este libro de Jaime Barylko, que como la mayoría de los que he leído de su autoría, tiene reflexiones muy profundas. Espero que les gusten tanto como a mí. 


Tengo que aprender a quererte
PARA QUERERTE MEJOR 

 Quiero quererte. Y no es fácil. Mi egoísmo, mi ser embotellado en su afán de realizar el "uno mismo", hace esfuerzos por salir de sí y alcanzarte. Es una ardua tarea. Quiero quererte, pero tengo que aprender a quererte, tengo que aprenderte.
   No eres una cosa. Eres un ser humano. Una persona. Es decir un misterio perpetuo, una imprevisibilidad infatigable, una sorpresa que nunca se agota.
   Aprender una cosa es "aprehenderla", tomarla y dominarla, con las manos, con el intelecto.
   Pero tú te me escapas, te diluyes entre los resquicios de toda malla que busque atraparte. Así eres de elusiva, de evasiva. Como lo soy para ti. Años de vida nos ligan, y sin embargo amanecemos lejanos, ausentes, distintos. 
   ¡Qué complejo es amar, y amar bien, amar para el bien! ¡Qué  escarpada ladera de montaña es este camino, el que me propongo -el que quiero proponerme y proponerte-, el de querernos mejor!
   Querer no es difícil, lo complicado es querer al otro en calidad de otro, ¡y que su bien sea el mío!
   Para quererte mejor, debería liberarme de esquemas, prejuicios, ideas que tengo de mí, que tengo de ti; son petrificaciones de la fantasía que luego, en la realidad, no hacen sino fallar, quebrarse, y uno llora porque el otro le falla, pero es uno el que falla, y ni siquiera uno sino esa idea, esa imagen que uno se ha hecho de sí, del otro, de la vida, de la felicidad, a la que quiere serle fiel a toda costa.
   Para quererte mejor debería serte fiel, a ti, a tu realidad, y no a la imagen o construcción mental que proyecto sobre ti. Tendría que deshacerte todos los días, y volver a recomponerte en un puzzle al que siempre le faltan, obviamente, piezas.
   Es un trabajo. De eso se olvidaron los que nos enseñaron el camino de la vida. Nos dijeron que el amor era un sentimiento, y que con el sentimiento era suficiente. Ahora lo sé: comienza siendo un sentimiento, una pasión envolvente, alucinante, pero es amor en el punto en que la lava se cristaliza en formas de vida que comprenden una decisión compartida. Decisión de compromiso. Com-promiso, la promesa que crece entre dos.

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Los lazos

   ¿Con qué elementos, con qué cinceles iremos esculpiendo la eternamente inconclusa obra de nuestro amor? La gran lección la dio Saint-Exupéry en El Principito 
   El Principito se encontró con el zorro y quiso jugar con él.
   "-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-. No estoy domesticado."
   El Principito le pregunta qué es eso de estar domesticado. El zorro le explica qué es domesticar:
   "-Es una cosa demasiado olvidada -dijo el zorro-. Significa ´crear lazos´.
   "-¿Crear lazos?
   "-Sí -dijo el zorro-. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo..."
   Ésta es la lección del zorro. Conviene revisarla, meditarla. Ser amigos, relean ustedes, es crear lazos. Lazo es lo que te une. Lazo es una dependencia entre nosotros. A través de la convivencia uno se domestica, se hace cercano al otro, y de ese modo el otro se le vuelve necesario. Si no, el otro es uno entre millones. Para que sea algo relativo a mí, tiene que ser distinto, pero enlazado conmigo, y a través de ese lazo (al matrimonio, la sabiduría del lenguaje lo llama "enlace") cada uno se torna único para el otro, porque comparten un mundo.
   Domesticarse, en lenguaje del zorro, es hacerse el uno con el otro, recíprocamente, uno por el otro. Escuchen al zorro:
   "-Mi vida es monótona. Cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero si me domesticas mi vida se llenará de sol. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llamará fuera de la madriguera, como una música."
   Ser amigos. Es tener algo en común, a diferencia de ser extraños. Y no temer. Amar es confiar en el otro, abandonar mecanismos de ataque y defensa. Los extraños tienen en principio rechazo por los extraños, porque no conocen el ruido de sus pasos, sus intenciones, sus códigos, sus reglas, sus límites.
   De eso habla el zorro. Conocer el ruido de tus pasos. Te oigo venir y sé que eres tú. Es música ese sonido... Es sonido de amistad versus otros sonidos que pueden ser de peligro, por ser ajenos, es decir des-conocidos. Y qué es lo desconocido. Lo que no creció junto a mí, lo que no está en el terreno de mi mundo, de mis reglas, que son nuestras al ser compartidas.
   Claro que, sigue explicando el zorro, para domesticar, que es convivir, para co-nocer, es decir hacer algo en conjunto, para ello se necesita tiempo.
   "-Sólo se conocen las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. compran cosas hechas a los mercaderes. pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!"

HAY QUE SER MUY PACIENTE
   
   El Principito está ansioso por tener un amigo, por domesticar, domesticarse. Le pregunta al zorro cómo se hace.
   El zorro le enseña:
   "-Hay que ser muy paciente -respondió el zorro-. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en la hierba. Te miraré de reojo y no dirás nada. La palabra es fuente de malentendidos. Pero, cada día, podrás sentarte un poco más cerca...".
   No es hablando que se hacen amigos. Es conviviendo. De lejos y un poquito, cada vez más, de cerca. Mirándose. Haciéndose próximo el uno del otro para trazarse un lazo, una relación, una recíproca dependencia.
   Y acá viene el momento más sorprendente entre los consejos del zorro: hay que tener disciplina. Paciencia dijo antes, ahora dice disciplina.
   Sí, el caos no produce nada. La creatividad, en cambio, requiere de ciertos marcos, de cierta contención que son los límites, el orden.
   "-Hubiese sido mejor venir a la misma hora -dijo el zorro-. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres... Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón... Los ritos son necesarios."
   Éste es el punto culminante, hijo mío: los ritos son necesarios. Los ritos son disciplinarios. Límites que no se imponen, responsabilidad de hacer las cosas de cierta manera que el otro espera que yo realice. La hora, el modo, el cómo, el cuándo. Éstos son ritos. Sin ritos no hay lazos.

LA ROSA ÚNICA

   El Principito tenía una rosa en la mano. De pronto se da cuenta de que esa rosa, que era como todas las rosas, no es como todas las rosas. Porque esa rosa, en su mano, se acomodó a su mano, su mano a esa rosa, y se pertenecen recíprocamente. Se domesticó.
   Luego el zorro le hace ver el párrafo más famoso de El Principito: 
   "-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto.  Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos".
   ¿Y qué es lo esencial?
   "-El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante:"
   La lección concluye con este gran final, que ya no es tan famoso como la frase antes citada, y sin embargo es la cima de esta reflexión.
   "-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado, eres responsable de tu rosa..."
   Tener un amigo es tener una responsabilidad. Una relación es un lazo, es una dependencia.
   



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martes, 17 de marzo de 2026

Libro de Yosvany García - El secreto no era el dinero


"Te digo que durante mucho tiempo busqué esa respuesta. La busqué en balances, en libros, en los números, pero la respuesta no estaba en una hoja de cálculo, estaba en la mentalidad, en los principios, en el tipo de conversaciones que se tienen en casa, no en la bolsa, sino en los valores que se heredan en silencio pero que hacen tanto ruido cuando se aplican." 
 

                                                                           Yosvany García

viernes, 6 de marzo de 2026

Libro de Yosvany García: Él y Ellos


Él y Ellos. Una fábula para niños mayores de edad. (Spanish Edition) Tapa dura – Texto grande, 21 Abril 2025
Edición en Español  de Yosvany R. Garcia Corpas (Autor)
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Este libro es una fábula sin fábula.
Una historia que no busca convencer, sino recordar.
Recordar lo que fuimos antes de encajar.
Antes de aprender a hablar bajito.
Antes de memorizar lo que otros llamaban verdad.

Él y Ellos no viene a señalar culpables. No levanta la voz.
Solo abre una puerta.

Una puerta hacia adentro.
Donde habita el él que aprendió a obedecer antes que a preguntarse.
El que sostuvo estructuras que ya no lo sostenían.
El que un día despertó sin saber si su fe era suya,
si su voz era prestada, si su vida estaba habitada.

Este libro no es una salida.
Es una pausa.
Un susurro en medio del ruido.
Una invitación a volver,
no al lugar donde todo comenzó, sino al lugar donde uno, por fin,
se dice con honestidad:

“Aprendí a ser.
Y eso me hizo libre.”


Extraído de: Amazon.com



 

lunes, 26 de enero de 2026

Reflexionando con el Dr. Wall Montero


Siempre hay pacientes que uno recuerda por su diagnóstico…

y otros que se quedan por la historia que te confían cuando bajan la guardia.

A él lo conocí una tarde lluviosa, de esas en las que el hospital parece aún más frío. Se llamaba Esteban. Entró despacio, con el cuerpo rígido y la mirada cansada, como si cada paso fuera una negociación con algo que llevaba dentro. En el expediente decía dolor torácico, insomnio, ansiedad persistente. En sus ojos decía otra cosa.

Cuando cerré la puerta del consultorio y le pedí que me contara qué le pasaba, guardó silencio unos segundos. No buscaba las palabras, las estaba conteniendo.

—Doctor… —me dijo al fin—, yo no estoy enfermo del cuerpo. Estoy roto de algo que no se ve.

Ahí comenzó todo.

Esteban llevaba más de diez años de matrimonio. Diez años de construir una vida que él creía firme: una casa, planes, rutinas, promesas pequeñas que se dicen sin pensar que algún día dolerán. Me habló de ella con respeto, incluso con cariño. Y eso fue lo que más me impactó. No había rabia en su voz, solo una tristeza madura, profunda.

—Yo confiaba —me dijo—. No a medias. Con todo.

La traición no llegó de golpe. Llegó disfrazada de cambios sutiles: silencios largos, miradas que ya no se quedaban, respuestas automáticas. Hasta que un día la verdad se sentó frente a él sin anestesia. Otra persona. Otra historia. Otra vida que no incluía la suya.

—Lo peor no fue que se fuera —confesó—. Lo peor fue darme cuenta de que me había quedado solo mucho antes.

Desde entonces, su cuerpo empezó a fallar. No dormía. No comía bien. El pecho se le cerraba por las noches como si el corazón no supiera cómo latir sin la vida que había imaginado. Y lo más doloroso: empezó a culparse. A preguntarse qué hizo mal, en qué falló, por qué no fue suficiente.

Mientras lo escuchaba, entendí algo que se repite demasiado: las personas buenas suelen creer que el daño siempre es culpa suya.

—Doctor —me dijo bajando la voz—, yo la amé bien… y aun así me dejó.

Esa frase pesa toneladas.

Hablamos largo. No de ella, sino de él. De cómo había olvidado quién era antes de convertirse solo en pareja. De cómo había puesto su valor en manos ajenas. De cómo confundió amar con desaparecer.

Le dije algo que necesitaba escuchar, aunque doliera:

—Que alguien te traicione no invalida tu forma de amar. Solo revela la incapacidad del otro para cuidarlo.

Esteban lloró. No con desesperación, sino con alivio. Como si por primera vez alguien le quitara un peso que no le correspondía cargar.

Las semanas siguientes volvió varias veces. Cada vez un poco más erguido. No sanado, pero despierto. Empezó a hacer cosas solo. A caminar. A comer mejor. A dormir de a poco. A mirarse al espejo sin desprecio. Empezó a reconstruirse desde un lugar nuevo: no desde la herida, sino desde la dignidad.

Un día me dijo algo que marcó el final de su historia… y el inicio de otra:

—Entendí que no me rompí por amar… me rompí por olvidarme de mí.

Eso es amor propio cuando deja de ser concepto y se vuelve decisión.

Esteban no volvió con ella. Tampoco la odió. La soltó. Y soltar, cuando se hace con conciencia, es una de las formas más altas de valentía. Aprendió a estar solo sin sentirse incompleto. Aprendió que el amor verdadero no se mendiga ni se persigue. Se comparte… o se deja ir.

La última vez que lo vi, me dio la mano con firmeza.

—Gracias, doctor —me dijo—. No por curarme… sino por recordarme quién era cuando nadie me eligió.

Cuando salió, me quedé pensando en cuántas personas llegan rotas no porque amen mal, sino porque aman de verdad en un mundo que a veces no sabe sostener eso.

Y si esta historia enseña algo, es esto:

la traición puede quebrarte el corazón,

pero también puede devolverte a ti.

Porque cuando eliges reconstruirte sin rencor,

cuando decides no endurecerte,

cuando sigues creyendo en el amor sin traicionarte…

ahí no solo sanas.

Ahí te vuelves libre.

Dr. Wall Moreno




martes, 20 de enero de 2026

Reflexionando con el Dr. Wall Moreno



Dr. Wall Moreno Díaz

NO FUERCES LO QUE NO FLUYE:

Un bonito consejo para la vida este: no fuerces nada. Ni conversaciones que ya no nacen, ni amistades que solo se sostienen por costumbre, ni relaciones donde el interés es desigual, ni atención que tienes que mendigar, ni amor que te deja más dudas que paz.
Lo que se fuerza termina cansando y tarde o temprano, duele.
Forzar es insistir donde no hay reciprocidad, es quedarte  donde no te eligen y es tratar de encajar donde ya no perteneces. Y aunque a veces cueste soltar, la vida siempre se acomoda mejor cuando dejas de empujar lo que no avanza por sí solo.
Dejar fluir no es indiferencia, es sabiduría. Es confiar en que lo que es para ti no necesita presión, explicación excesiva ni sacrificios constantes. Lo que es real se queda, crece y se sostiene con naturalidad.
Y lo que falla, lo que se va, lo que no responde... también cumple una función: liberarte espacio.
No fuerces nada. Aprende a soltar con calma. Porque cuando dejas de insistir, empiezas a vivir con más paz y más verdad.

Dr. Wall Moreno
 

Reflexionando con Ignacio Novo


 

domingo, 18 de enero de 2026

Reflexionando con Juanma Quelle


 "Y aunque en ese momento parezca el fin, en realidad es el principio. Porque a veces, solo cuando algo se desborda, nos atrevemos a movernos, a soltar lo que ya no suma, a salir de donde nunca debimos quedarnos tanto tiempo. 

Así que sí, bendita la gota que colma el vaso. Porque no rompe, despierta. No destruye, libera".