lunes, 15 de junio de 2015

Relaciones que funcionan - De: Ferran Ramon-Cortés y Álex Galofré


Tesoros del Gran Bazar

Para celebrar su décimo aniversario de bodas, Marta y Agustín decidieron ir de vacaciones a Estambul. Era un destino que a Marta le hacía especial ilusión. Varias de sus amigas y compañeras de trabajo habían visitado anteriormente en esta mágica ciudad, y le habían hablado de las maravillas inesperadas que se podían encontrar en el Gran Bazar.

Tras haber visitado los grandes monumentos de la ciudad, en su tercer día de estancia, decidieron visitar el Gran Bazar. Paseando por una de sus callejuelas, Marta descubrió un fascinante collar. Pensó que era muy afortunada al haber encontrado ese pequeño tesoro. El comerciante le explicó que era una pieza muy especial, y a través de la historia de una princesa otomana le relató cómo esa piedra, una variedad muy poco común del sur del país, simbolizaba el poder de la mujer.

Marta empezó a imaginar el collar en su cuello el primer día de vuelta al trabajo. Sería la sensación en la oficina. El collar lo tenía todo; se veía que era antiguo, con un encanto especial, y además la historia de la princesa otomana le había cautivado.

Agustín, que había estado observando una disputa entre comerciantes en el callejón, entró en la tienda. Al verle, Marta le comentó:

—Mira este collar; ¿qué te parece?
—Pues se ve un poco viejo. ¿Con qué te lo pondrás?
—No sé, puede quedar bien con cualquier cosa, ¿no?
—Yo no lo tengo tan claro y, además, por este precio la piedra no puede ser auténtica.
—Bueno, eso da igual, yo lo encuentro bonito.
—Y al final harás como con todo y se quedará en un cajón. Pero bueno, tú misma; ¡si quieres, cómpratelo!

Marta, después de los alentadores comentarios de Agustín, cerró la conversación diciéndole:

—Mira, ¿sabes qué? Ya me has quitado la ilusión; ahora ya no lo quiero. ¿Nos vamos?


Si tratásemos de discernir en estas historias quién tiene razón y quién no la tiene, muy probablemente nos costaría llegar a algún acuerdo. Lo que demuestra que todos somos distintos, y reaccionamos de forma diferente a una misma realidad. Tenemos cada uno de nosotros un estilo relacional distinto, que se traduce en una manera diferente de comunicarnos con los demás. Decimos las cosas de modo distinto, e interpretamos lo que nos dicen de forma también distinta. Y en consecuencia, nos sientan las cosas que nos dicen de forma muy diferente. Y todo ello hace que entre nosotros se produzca un mundo de pequeñas o grandes incomprensiones que terminan, algunas de ellas, en conflictos y que dificultan nuestras relaciones.
Si conociéramos nuestro estilo relacional y el estilo relacional de nuestros interlocutores, tendríamos una gran oportunidad de entendernos mejor con los demás. Podríamos saber cómo comunicarnos eficazmente con cada uno de ellos y sabríamos también qué esperar de ellos en términos de comunicación, haciendo más fáciles nuestras relaciones.
Pero todos somos distintos; no hay ninguna persona que sea igual a otra, con lo que conocer el particular estilo de cada una para adaptarnos a él sería sencillamente imposible. Aceptando esta premisa, lo que sí hemos identificado son unos rasgos que se repiten con frecuencia y que sugieren unos estilos comunes con los que todos nos podamos sentir razonablemente identificados. De este modo, podemos diseñar un modelo que permita de forma sencilla e intuitiva conocer el estilo relacional de los otros y aprender las pistas de cómo conectar con ellos. Sean iguales o distintos a nosotros. Sean conocidos o desconocidos. Sean amigos o enemigos.
Nuestra investigación nos ha llevado a definir cuatro estilos muy diferentes, con rasgos de personalidad muy dispares, en los que todos, con distintos y valiosos matices, nos podemos enmarcar razonablemente.

Extraído de:
http://www.editorialconecta.com/libro/relaciones-que-funcionan/
http://www.megustaleer.com/libros/relaciones-que-funcionan/CN29280/fragmento/

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