lunes, 26 de enero de 2026

Reflexionando con el Dr. Wall Montero


Siempre hay pacientes que uno recuerda por su diagnóstico…

y otros que se quedan por la historia que te confían cuando bajan la guardia.

A él lo conocí una tarde lluviosa, de esas en las que el hospital parece aún más frío. Se llamaba Esteban. Entró despacio, con el cuerpo rígido y la mirada cansada, como si cada paso fuera una negociación con algo que llevaba dentro. En el expediente decía dolor torácico, insomnio, ansiedad persistente. En sus ojos decía otra cosa.

Cuando cerré la puerta del consultorio y le pedí que me contara qué le pasaba, guardó silencio unos segundos. No buscaba las palabras, las estaba conteniendo.

—Doctor… —me dijo al fin—, yo no estoy enfermo del cuerpo. Estoy roto de algo que no se ve.

Ahí comenzó todo.

Esteban llevaba más de diez años de matrimonio. Diez años de construir una vida que él creía firme: una casa, planes, rutinas, promesas pequeñas que se dicen sin pensar que algún día dolerán. Me habló de ella con respeto, incluso con cariño. Y eso fue lo que más me impactó. No había rabia en su voz, solo una tristeza madura, profunda.

—Yo confiaba —me dijo—. No a medias. Con todo.

La traición no llegó de golpe. Llegó disfrazada de cambios sutiles: silencios largos, miradas que ya no se quedaban, respuestas automáticas. Hasta que un día la verdad se sentó frente a él sin anestesia. Otra persona. Otra historia. Otra vida que no incluía la suya.

—Lo peor no fue que se fuera —confesó—. Lo peor fue darme cuenta de que me había quedado solo mucho antes.

Desde entonces, su cuerpo empezó a fallar. No dormía. No comía bien. El pecho se le cerraba por las noches como si el corazón no supiera cómo latir sin la vida que había imaginado. Y lo más doloroso: empezó a culparse. A preguntarse qué hizo mal, en qué falló, por qué no fue suficiente.

Mientras lo escuchaba, entendí algo que se repite demasiado: las personas buenas suelen creer que el daño siempre es culpa suya.

—Doctor —me dijo bajando la voz—, yo la amé bien… y aun así me dejó.

Esa frase pesa toneladas.

Hablamos largo. No de ella, sino de él. De cómo había olvidado quién era antes de convertirse solo en pareja. De cómo había puesto su valor en manos ajenas. De cómo confundió amar con desaparecer.

Le dije algo que necesitaba escuchar, aunque doliera:

—Que alguien te traicione no invalida tu forma de amar. Solo revela la incapacidad del otro para cuidarlo.

Esteban lloró. No con desesperación, sino con alivio. Como si por primera vez alguien le quitara un peso que no le correspondía cargar.

Las semanas siguientes volvió varias veces. Cada vez un poco más erguido. No sanado, pero despierto. Empezó a hacer cosas solo. A caminar. A comer mejor. A dormir de a poco. A mirarse al espejo sin desprecio. Empezó a reconstruirse desde un lugar nuevo: no desde la herida, sino desde la dignidad.

Un día me dijo algo que marcó el final de su historia… y el inicio de otra:

—Entendí que no me rompí por amar… me rompí por olvidarme de mí.

Eso es amor propio cuando deja de ser concepto y se vuelve decisión.

Esteban no volvió con ella. Tampoco la odió. La soltó. Y soltar, cuando se hace con conciencia, es una de las formas más altas de valentía. Aprendió a estar solo sin sentirse incompleto. Aprendió que el amor verdadero no se mendiga ni se persigue. Se comparte… o se deja ir.

La última vez que lo vi, me dio la mano con firmeza.

—Gracias, doctor —me dijo—. No por curarme… sino por recordarme quién era cuando nadie me eligió.

Cuando salió, me quedé pensando en cuántas personas llegan rotas no porque amen mal, sino porque aman de verdad en un mundo que a veces no sabe sostener eso.

Y si esta historia enseña algo, es esto:

la traición puede quebrarte el corazón,

pero también puede devolverte a ti.

Porque cuando eliges reconstruirte sin rencor,

cuando decides no endurecerte,

cuando sigues creyendo en el amor sin traicionarte…

ahí no solo sanas.

Ahí te vuelves libre.

Dr. Wall Moreno




martes, 20 de enero de 2026

Reflexionando con el Dr. Wall Moreno



Dr. Wall Moreno Díaz

NO FUERCES LO QUE NO FLUYE:

Un bonito consejo para la vida este: no fuerces nada. Ni conversaciones que ya no nacen, ni amistades que solo se sostienen por costumbre, ni relaciones donde el interés es desigual, ni atención que tienes que mendigar, ni amor que te deja más dudas que paz.
Lo que se fuerza termina cansando y tarde o temprano, duele.
Forzar es insistir donde no hay reciprocidad, es quedarte  donde no te eligen y es tratar de encajar donde ya no perteneces. Y aunque a veces cueste soltar, la vida siempre se acomoda mejor cuando dejas de empujar lo que no avanza por sí solo.
Dejar fluir no es indiferencia, es sabiduría. Es confiar en que lo que es para ti no necesita presión, explicación excesiva ni sacrificios constantes. Lo que es real se queda, crece y se sostiene con naturalidad.
Y lo que falla, lo que se va, lo que no responde... también cumple una función: liberarte espacio.
No fuerces nada. Aprende a soltar con calma. Porque cuando dejas de insistir, empiezas a vivir con más paz y más verdad.

Dr. Wall Moreno
 

Reflexionando con Ignacio Novo


 

domingo, 18 de enero de 2026

Reflexionando con Juanma Quelle


 "Y aunque en ese momento parezca el fin, en realidad es el principio. Porque a veces, solo cuando algo se desborda, nos atrevemos a movernos, a soltar lo que ya no suma, a salir de donde nunca debimos quedarnos tanto tiempo. 

Así que sí, bendita la gota que colma el vaso. Porque no rompe, despierta. No destruye, libera".